Esta semana, el Comité de Energía y Comercio de la Cámara de Representantes de EE. UU. dio un paso significativo al avanzar con una propuesta que, de ser aprobada, otorgaría una preeminencia de diez años a la regulación federal sobre la inteligencia artificial (IA). La medida sugiere que solo el Congreso tendría la potestad de establecer salvaguardias relacionadas con la IA, lo cual impediría a las legislaturas estatales legislar en esta área durante toda una década.
La oposición a esta iniciativa es amplia y contundente. La historia ha demostrado que la preeminencia federal sobre las leyes estatales de privacidad ha resultado perjudicial en múltiples ocasiones. Este escenario conllevaría la imposibilidad de implementar leyes estatales ya existentes que buscan mitigar los daños que pueden surgir del uso de la IA, limitando además la capacidad de respuesta de los estados, que en muchos casos han mostrado mayor proactividad en la regulación de esta tecnología emergente.
La propuesta, si se convierte en ley, podría frenar cualquier tipo de regulación en materia de IA por diez años, lo cual resulta alarmante dado el acelerado desarrollo del sector tecnológico. Históricamente, el Congreso ha presentado reacciones lentas ante los desafíos impuestos por tecnologías emergentes, a diferencia de los estados que han podido actuar con mayor rapidez. Legisladores estatales han expresado su preocupación en cartas abiertas, señalando el escaso optimismo en torno a una regulación comprensiva y efectiva sobre IA o privacidad desde Washington.
Incluso si el Congreso decidiera no opinar sobre la IA en los próximos diez años, la preeminencia afectaría la capacidad de los estados para abordar el asunto. Con la constante evolución en la industria de la IA, resulta complicado prever cómo será esta tecnología dentro de una década. Por tanto, resulta esencial que los legisladores estatales mantengan la capacidad de responder adecuadamente a los problemas emergentes.
Los proyectos de ley sobre IA en diversas jurisdicciones buscan un delicado equilibrio entre fomentar la innovación y proteger al consumidor. Aunque organizaciones como la Electronic Frontier Foundation (EFF) apoyan algunos de estos proyectos mientras se oponen a otros, limitar la acción de los estados tiende a favorecer desproporcionadamente a las grandes empresas tecnológicas.
Detener la capacidad de los estados para regular en esta área se traduce en un freno al progreso. Las grandes corporaciones tecnológicas ya han intentado desacelerar o revertir las protecciones legales a nivel estatal, una tendencia que se reproduce en el ámbito de la IA. Un ejemplo es el proyecto de ley aprobado en Colorado el año pasado, que aunque susceptible de mejorarse, estableció requisitos básicos para que la ciudadanía comprenda cómo las empresas utilizan la IA en decisiones que les afectan. A pesar de ello, varias empresas de IA han estado presionando para suavizar esta legislación.
Ante este panorama, la resistencia a la preeminencia federal sobre la regulación de la IA se presenta como un clamor urgente, instando al Congreso a reconsiderar esta propuesta que podría resultar dañina para el avance del marco legal necesario en este ámbito.





